LA NECESIDAD DE LIBERTAD EN LA CULTURA CONTEMPORÁNEA EN RELACIÓN A ODEPS

Jesús Rubio Lapaz
Granada, enero de 2011.

Si hacemos una reflexión acerca del período histórico en que vivimos y en el papel que la cultura tiene en él, pienso que nos podemos llevar más de una sorpresa y fundamentalmente desagradables, cuando recapitulamos con actitud crítica aquellas famosas frases que podemos aplicar al hecho cultural: De dónde viene la cultura, qué es la cultura hoy en día, y cuál es su futuro en los tiempos venideros.
Desde los remotos tiempos del Renacimiento italiano, la cultura ha intentado hacer libre al hombre, tanto en su individualidad como en la interrelación armónica con el grupo social que conforma. Esta idea, denominada con el sugestivo nombre de Humanismo, ha configurado una interesante utopía que ha hecho que lo cultural y lo estético hayan perseguido un progreso de cara a conseguir hacer del ser humano un elemento integrador que desde su formación domine, respete y se interrelacione con la naturaleza circundante, ya sea física o urbana.
A pesar de esta intención, pocos han sido los momentos históricos en que la cultura ha impuesto su sentido liberador al artista y la sociedad, haciendo ver al individuo y a la colectividad las inmensas posibilidades que la idónea formación puede representar en la configuración de un mundo mejor. Evidentemente los poderes políticos e institucionales han pretendido siempre aferrarse a su aprovechamiento con fines retóricos o persuasivos.
Cuando una ideología se impone tras unas fases de complicadas luchas o tensiones con otras formas contrapuestas que finalmente son derrotadas, ese pensamiento prevaleciente intenta hacer suya la legitimidad cultural para proyectarse masivamente y proyectar universalmente las grandezas de su triunfo. Esto es lo que ocurrió en la década de los ochenta con la victoria del capitalismo sobre el comunismo.
A partir de ese momento, la ideología neoliberal y consumista que ya venía intensificándose dentro de los parámetros posmodernos de la sociedad masiva del espectáculo establecidos por el tridente Thatcher, Reagan y Juan Pablo II, se erigirá como único modelo de pensamiento político-social, según un proceso que va a culminar años después con el concepto de la globalización cultural como representación del proyecto neocapitalista triunfante.
Esta interrelación entre cultura y modelo capitalista que internacionalmente ya se sellaba de manera definitiva en los años sesenta (véase Andy Warhol), en el caso español se llevará a cabo en la “feliz y nostálgica” década de los ochenta, cuando por primera vez en muchos años, nuestro país entraba a decir algo en el panorama internacional. Sin embargo, lo que en aquel momento derivaba de un profundo afán de libertad tras muchos años de dictadura y represión, pronto se encaminó a una institucionalización de un nuevo poder que ansiaba introducirse en los parámetros internacionales en los que la cultura iba a seguir el modelo norteamericano del pop más complaciente.
Esta supeditación del estado español a la institucionalización internacional del neoliberalismo que se produce a partir de la mitad de los ochenta, no hace sino implicar a la cultura en un nuevo modelo ideológico que culminará en los fastos retóricos, grandilocuentes y caducos del 92. Desde estos momentos, la dependencia de los valores creativos de nuestro país con respecto a un sistema cerrado en el que las instituciones no son más que el brazo ejecutor del gran capital, no provocan precisamente que el esplendor de la década anterior se vuelva a repetir.
Este proceso de subordinación de la cultura con respecto a las instituciones políticas y/o económicas (no dejan de ser una misma cosa), ha hecho que la alegría de la bonanza capitalista de bastantes años impidiera ver la falta de libertad que esta situación conllevaba. Sin embargo, el tremendo impacto que ha supuesto la crisis de los últimos años y la incompetencia de los políticos para solventarla o al menos vislumbrar unas medidas propias que no nos hagan depender absolutamente de las directrices del gran capital internacional, nos ha presentado ante los ojos el extraordinario derrumbe de la ilusoria realidad.
Entre otras muchas cosas, esta situación ha provocado la desorientación total de la cultura creativa que acostumbrada a la dependencia y mantenimiento, no ha sabido configurar en las últimas décadas ninguna propuesta alternativa a lo que suponía su absoluto encauzamiento en las vías de lo institucional. El control de las propuestas productivas en cultura ha sido tan absorbente que ha sido imposible prácticamente sobrevivir al margen de universidades, másters, museos, certámenes culturales de distinta naturaleza, subvenciones, premios, empresas públicas, fundaciones, etc. etc. Esto ha llevado a un encorsetamiento indudable de las formas creativas españolas en los últimos años que ante la dificultad de proyección y de debate abierto, se han ido ensimismando y perdiendo las claves de la esencia libertaria que toda producción ha de llevar.
La necesidad de una rentabilidad ideológico-social exigida a la cultura ha provocado que se desvirtúe su esencia fundamental, poniéndola al servicio de intereses económicos, políticos o turísticos, incluyéndola como un valor de consumo más y olvidando su verdadero sentido humanista.
En esta línea, se hace absolutamente preciso rescatar a la cultura de su dependencia económica y política y recuperar los valores humanistas que la convirtieron en un “arte libre”, definido por las máximas del docere et delectare, o lo que es lo mismo enseñar deleitando, como elemento configurador de la conciencia humanista del mundo.
Por todo esto es por lo que celebramos la creación y el funcionamiento del Centro Social Autogestionado La Tabacalera de Lavapiés, como un exponente de libertad dentro del papel más importante que debe tener la cultura como valor humanista fuera de los cauces de las vías institucionales, políticas y económicas. Como ejemplo de que se puede producir fuera de las subvenciones, concursos y organismos públicos o privados. De ahí nuestro interés por celebrar esta “ocupación” integradora que desde una ciudad como Granada mira a Madrid para comprender qué se está haciendo en la búsqueda y en la recuperación del sentido más noble de los conceptos de arte y cultura en la actualidad.

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